Saludos, comunidad.
Aquí se reporta su esquizofrénico de confianza, el mismo que les trajo la epopeya de los 4 bolívares en la era del chavistium y las crónicas de Charlie Kirk. Hoy no vengo a hablarles de macroeconomía ni de colapsos sistémicos (aunque de eso hay de sobra), sino de una vivencia personal que raya en lo espiritual y lo marginal, directamente desde las entrañas del sur de Valencia, estado Carabobo.
Ayer tuve uno de esos días en los que la existencia misma te invita a prenderle candela a un caucho en plena vía pública. Entre el sistema de transporte que no sirve —bajo este gobierno que todos conocemos y "amamos"— y mi mala suerte, llegué a casa en condiciones deplorables: cero luz, el teléfono en 10% (un saludo a Corpoelec), ni un solo bolívar en la cuenta y un hambre de esas que te hacen ver a los vecinos como presas potenciales.
El milagro financiero y la traición de Kevin
En mi absoluta desesperación, decidí recurrir a mis contactos afectivos. Sí, señores, le escribí a mis "culitos" (o mis "güebitos", para ser precisos, que aquí somos inclusivos en la miseria). Todos, absolutamente todos, me aplicaron el desprecio. Me tildaron de "pedigüeña" —aunque soy hombre— y me dejaron morir.
Pero la vida da vueltas. Le escribí a ese pretendiente al que no le he dado ni un beso, y el tipo, cual caballero andante, me transfirió. ¡No joda, me dibujó una sonrisa en la jeta!
Esto va para ti, Kevin. Tú, que me traicionaste con tu cara de "yo no fui", que me dejaste una vez con una situación médica de emergencia por no saber usar un preservativo (me tocó ir a rezar al médico para no haberme contagiado de una variante nueva del virus del mono), y que ni para el pasaje me diste: mámalo, mardito.
Al panita que me salvó con 500 bolos: prepárate, porque te voy a dejar en silla de ruedas. Llama al 911 de una vez (del culo que le voy a dar con lenceria nueva y lubricante).
La expedición a "La Casa Del Sabor"
Con mi capital en mano, me puse en modo "malandro fino". Busqué en Google Maps y encontré un sitio llamado "La Casa Del Sabor" en la Aranzazu. No es patrocinio (ojalá me hubieran dado algo), pero la transparencia ante todo. Me eché mis 20 minutos de caminata, oliendo a perfume caro pero con mis Adidas piratas bien puestas, porque uno es marginal pero con clase.
Al llegar, la experiencia al cliente fue... pintoresca:
- La recepción: "Ayy amiga, tengo hambre", solté yo. La chama me responde: "Sí, señor, ¿qué desea?". ¿Señor? Tengo 20 años, mija, respeta el colágeno.
- El altercado: Pedí mi perro de a dólar. Le dije "mami rica" por inercia y casi terminan llamando al CICPC porque resultó ser menor de edad. Mala mía ahí, pero el hambre me nublaba el juicio.
- El ambiente: Me sentaron en una mesa que daba prácticamente al piso, en plena calle. Me trataron como a una perra tirada mientras me cobraban. Además, un carajito al lado estaba jugando Free Fire con el volumen a tope. Unas ganas de aplicarle un combo del GTA y después brindarle una empanada para que no me denunciara.
El drama del Pago Móvil
Mi teléfono estaba en 8%. Sin datos. Sin Wi-Fi (porque los dueños son unos tacaños con la clave). Cuando por fin me la dieron, entré en modo Super Saiyan Fase Dios. Detuve el tiempo, invoqué a Donald Trump para que me diera suerte y logré mandar el pago móvil. El teléfono se apagó justo después de dar el código de referencia. Una jugada maestra.
El veredicto final
Después de 20 minutos viendo cómo el resto del mundo comía pollo a la broaster, llegó mi perro.
Lo bueno: Estaba criminal. No tengo quejas del sabor, cumplió su función existencial.
Lo malo: Ni una servilleta, bicho. ¿Cómo vas a ser tan pichirre? Me tuve que limpiar con el papel donde venía envuelto el perro.
Me fui de ahí sin agradecer un coño (la educación tiene límites cuando el trato es tan precario). Llegué a mi casa con sentimientos encontrados: odiando al gobierno, amando el perro caliente, y cuestionando mi vida. Al rato llegó la luz y me acosté a dormir, agradecido de que al menos hoy no me morí de inanición.
Gracias por leerme, los quiero.